viernes, 24 de abril de 2009

Gobierno. ¿Novela contemporanea?

Hace algunos días me senté a releer la novela titulada gobierno, escrita por el alguna vez llamado 'genio indigenista' Torsvan Croves, me pareció ad hoc con estos tiempos y por ello me decidí a dejarles algunos extractos de su obra para invitarlos a la reflexión.

El libro lo he visto nuevo en menos de 100 pesos mexicanos, o algo mas de 7 dolarucos en muchas tiendas (y usado me costo 15 pesos :D)

Hablando del jefe político en turno
Todos los miembros de su familia, alcanzando hasta las ramas más remotas -sobrinos, primos, cuñados, tíos, hijos de sus cuñados, yernos de sus sobrinos y entenados de los suegros de sus hermanos-, eran tomados en debida cuenta para ocupar las plazas de recaudadores de contribuciones, administradores de correos, jueces de paz y otras más existentes o creadas especialmente para ellos, y gracias a las cuales se mantenían firmes a sus lado. Cualquier cosa que él hiciera estaba bien y ellos la apoyaban con entusiasmo. Podía robar hasta satisfacer su corazón siempre que, cuando a ellos se les presentara la oportunidad de hacerlo, él no interviniera en forma alguna. Cualquier cosa que ellos hicieran, legal o ilegal, debía ser aprobada por él.
¿a poco no se oye muy parecido a lo que vemos ahora de forma cotidiana?
Viva el nepotismo la familia

Sobre los dictadores
Los dictadores no ponen mucho empeño en la educación de los humildes, porque opinan que, en cuanto saben algo, empiezan a sentir descontento por la vida que llevan, que es la que Dios, con ayuda de la Iglesia y del Estado, les ha concedido y la que, siguiendo su deseo, deben aceptar.

Educar a los indios o a sus hijos, era considerado como un pecado en contra del Todopoderoso. Si Él hubiera deseado que todos los hombres escribieran y leyeran, les habría dado, desde el momento de su nacimiento, la habilidad necesaria para hacerlo. El deseo del Todopoderoso se hallaba representado en la tierra por la Iglesia, cuyos servidores, con la ayuda de luces sobrenaturales, sabían muy bien cuáles eran Sus deseos. Para eso estaban en íntima comunión con Él, para eso los había nombrado Sus representantes en la tierra, con poder suficiente para interpretarlo. ¿donde esta el carajo contrato? y me abstengo de linkear noticias de pederastas sacerdotes por que mi blog no postea ese tipo de chingaderas

La dictadura podía mantener su poder, sólo compartiéndolo con la Iglesia y haciéndole todas las concesiones que pidiera. Una de sus peticiones consistía en que no se educara a los indios, para evitar que perdieran su fe infantil, cosa que debía conservarse como la más preciada joya del tesoro de la cristiandad.

De esta no opino por que me enojo, me limitare a repetir que la religión es un opio para mi pueblo

Sobre las escuelas publicas y la educación
Las estadísticas arrojaban una imponente población escolar, y así México marchaba a la vanguardia con los pueblos civilizados. En las escuelas no había bancos, ni pupitres, ni lápices, ni tinta, ni plumas, ni libros, ni papel; tampoco maestros titulados; pero esto no se mencionaba en las estadísticas y nadie exigía que se hiciera. Además, es así como marchaban los asuntos en las esferas de la actividad humana; es más fácil mentir y engañar con estadísticas que hacerlo sin ellas. La cuestión es bien fácil; basta omitir en las estadísticas todas aquellas cosas que pueden disminuir su efectividad. Justo como hoy en día, y lo digo con conocimiento de causa

Los hombres piensan siempre que sus sandeces constituyen inteligentes opiniones sobre política y economía, en tanto que la charla de las mujeres es una despreciable tontería. Pero escuchando imparcialmente las tonterías que los hombres dicen y las dichas por las mujeres, que en calidad y en cantidad son idénticas. Los tópicos difieren ligeramente; pero el propósito y el resultado son exactamente los mismos. Tomalaaaaa, en toda la boca pa´que se te quite lo misogino

Sobre como eran las elecciones de los indígenas ( y la reelección)

...después, se le entregaba un cetro de ébano, que él empuñaba solamente, volviéndose hacia los hombres que se hallaban frente a él. La risa y las bromas de la multitud cesaban por un momento, para mostrar a su nuevo jefe que esperaban atentos su primer sabio consejo. Pero en ese preciso instante, tres de los hombres del barrio al que correspondía la elección del año siguiente, se presentaban. Estos hombres traían un braserillo de barro en el que ardían vivamente algunos carbones. Uno de los hombres hacía, en verso, una breve explicación de lo que iban a hacer. Cuando terminaba de hablar, colocaba el braserillo con el carbón ardiendo bajo el asiento de la silla agujereada que ocupaba el nuevo jefe.

El hombre había dicho, en su breve discurso, que el fuego era colocado bajo el asiento del jefe para recordarle que ocupaba aquel sitio no para descansar placenteramente, sino para trabajar por su pueblo. Además, no debía olvidar quién había puesto el fuego bajo su silla. Debía tener presente que había sido un miembro del barrio de donde surgiría el cacique que habría de gobernar durante el siguiente período. Con este hecho se le recordaba que no debía pretender ocupar aquel puesto por más tiempo que el que le correspondía y así se evitaría el riesgo de una larga dictadura que solo podría traer consigo graves perjuicios para su pueblo, y, para él, fuego suficientes para consumirlo a él y a la silla que ocupaba.

Luego, una vez colocado el braserillo bajo la silla, eran recitadas algunas frases, primero por un hombre del barrio al que pertenecía el cacique saliente, después por uno del barrio que elegiría al próximo y, finalmente, por uno del barrio al que correspondía el electo.

El nuevo jefe no podía dejar el asiento mientras los tres hombres no hubieran dejado de hablar. El tono lento y mesurado, o tan rápido como fuera posible sin estropear el rito, con que fueran recitadas las frases, dependía de la popularidad o impopularidad del nuevo jefe.

Si el último hombre que debía recitar consideraba que los que lo habían precedido lo hicieran con demasiada rapidez, podía hablar tan lentamente como deseara para prolongar su discurso.

Lo que el jefe sentado sobre el fuego sintiera, no podía expresarlo ni con el más leve movimiento de sus cejas.

Además, una vez terminados los discursos, él no debía saltar de la silla para apartarse del fuego que lo quemaba; al contrario, debía permanecer todavía un rato conveniente para demostrar que no tenía intención alguna de huir de los trabajos y penalidades que el puesto que ocupaba podía acarrearle. A menudo, hallaba ocasión de decir un buen chiste que aumentaba el buen humor de los que lo vigilaban, ansiosos de verlo hacer algún gesto de desagrado para reírse de él. Mientras más alegres fueran sus bromas y más largo el tiempo que permaneciera sentado sobre el fuego, mayor era la confianza y el respeto que ganaba de los hombres.

Con sus bromas, hacía que la risa destinada a él se volviera contra algún otro hombre, diciendo por ejemplo: "No tienes pulmones, hermano; eres muy débil, tanto que no puedes soplar para avivar el fuego que está debajo de mí. ¿Qué dirá tu mujer de esto? Te aseguro que no sabes hacer fuego. Ven, tú, Eliseo, y rasca el hielo que me está colgando de las nalgas."

Para entonces el fuego del braserillo agonizaba. El jefe se levantaba lentamente; pero el hielo de que hablaba no era tan inofensivo; en su piel se veían grandes ampollas, y en partes se hallaba tan quemada que el olor a chamusquina era percibido por todos los que rodeaban al jefe.

Algún amigo se aproximaba a él, le untaba de aceite las llagas y se las cubría con un emplasto de hierbas machacadas, en tanto que el otro le ofrecía un buen vaso de aguardiente.

El nuevo jefe no podía olvidar, durante largas semanas, lo que llevaba en el trasero. Este recuerdo lo ayudaba considerablemente, durante los primeros meses de su período, a cumplir con sus deberes de acuerdo con lo que su pueblo esperaba de él.

En casi todos los casos, las partes expuestas al fuego quedaban marcadas por cicatrices, que probaban, mejor que cualquier documento lleno de sellos, el hecho de que su poseedor había tenido en una ocasión el gran honor de ser elegido jefe de su pueblo. Las cicatrices eran también una garantía de que él jamás pensaría en ser elegido por segunda vez, lo que sería negar la tradición y la costumbre de su pueblo.

¿Algun politico de los de tercera, de los que solo buscan su beneficio, haria esto sin haber pago de por medio? Lo dudo.

Por cierto, este libro se escribio hace casi 100 añitos, NO ES RECIENTE.
Ojala les gusten los fragmentos que escogi


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