miércoles, 7 de marzo de 2012

La triste historia del Páscola Cenobio

La palabra páscola no se refiere sólo a una danza, sino también a un conjunto de artes que incluye la música, la oratoria, la narrativa oral, la comedia y el trabajo de textiles y maderas. Todas estas disciplinas se condensan en el personaje del páscola, quien funge como danzante, anfitrión, orador y payaso ritual.

Pues bien en esta ocasión les comparto el cuento titulado "La triste historia del Pascola Cenobio" del antropólogo Francisco Rojas González.

Es un cuento corto, pero muy interesante

El libro lo encontraran aquí, el cuento va de la pagina 28 a la 34 y vale la pena.

La narrativa es muy simple, es muy digerible, fácil, hasta para lectura de 5 minutos antes de un descanso, el final, uf.. que final, les dejo un breve extracto.


Cenobio Tánori no trató de huir. Con el arma en su diestra aguardó que lo aprendieran las autoridades indias; sumiso, silencioso, pero altivo e impertérrito, siguió a los dos alguaciles que se presentaron al lugar de los sucesos… En una esquina Emilia Buitimea miraba a su novio con los ojos estrellados de lágrimas; él levantó su mano en un tímido ademán de despedida… y marchó en pos de sus aprehensores por la calle Real, hasta llegar a la prisión. Al paso del grupo que seguía al “pascola” y a sus aprehensores, los viejos “Yoremes” permanecían mudos, las mujeres hablaban en voz baja… y las mozuelas, las admiradoras del danzante, dejaban inflamarse su pecho al impulso de un suspiro.


Al cuartucho carcelero donde la justicia india había recluído a Cenobio Tánori, acudía la gente para demostrar su afecto al “pascola” en desgracia. Las más perseverantes concurrentes eran las mujeres jóvenes, las muchachas que, tímidas y un poco amedrentadas, se acercaban hasta la cárcel llevando entre sus manecitas morenas y chaparras un manojo de flores montaraces, una fruta en sazón o un manojo de cigarrillos, que colocaban sobre los travesaños de la recia puerta de madera, cierre del tugurio tenebroso en el que el danzante aguardaba el día en que el pueblo le hiciese justicia… Cenobio Tánori, magnífico, altivo como un Dios ofendido, recibía en silencio y lleno de gravedad aquél tributo de sus sacerdotisas.


Claro que no se hablaba de otra cosa en Bataconcica que de la muerte del viejo Tojíncola y del futuro de su matador. La ley india era concluyente: Puesto que Cenobio Tánori había matado debería sucumbir frente al pelotón de las “Milicias”… tal decía la tradición y tal debería ejecutarse, a menos que los deuds del difunto Don Miguel Tojíncola le otorgaran su gracia al matador, cambiando la pena de muerte por otro castigo menos cruel… pero no había muchas esperanzas de alcanzar para el reo la clemencia que muchos desearan.


La familia del muerto la formaban una viuda y nueve hijos, cuyas edades iban desde los dieciséis hasta los dos años. La viuda era una mujerona vecina a los cincuenta, enorme de cuerpo, huesuda de contornos, negra de color, con un perfil de águila vieja; sus ademanes bruscos y su actitud siempre punzante y valentona no daban ninguna ilusión con respecto a una posible actitud de indulgencia. Por el contrario decíase que Marciala Morales, tozuda, enérgica y vengativa, había prometido ser implacable con el asesino de su marido Miguel Tojíncola.


En realidad no es solo esa historia, es parte de un compendio de micro-historias que se titula el diosero -mención especial y doble recomendación para "Nuestra señora de Nequeteje"- si no les gusta les invito el café.

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